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Probablemente jamás ha habido tanta gente preparada para escribir ciencia ficción -y hacerlo bien, además- en España. El progreso en la alfabetización, que tampoco es sinónimo de educación ni de cultura, ha permitido que hoy casi todo el mundo sepa leer y, a pesar de todo, lea, aunque sea el Marca. Para el mundo de la creación literaria, eso soluciona un problema pero a la vez crea otro porque, sí, es cierto que hoy existen más revistas, periódicos y colecciones editoriales que nunca, por lo que los autores disponen en teoría de mucho más espacio para publicar sus escritos. Pero no lo es menos que, al haberse multiplicado el número de gente preparada para emborronar cuartillas, resulta en realidad más difícil llegar a promocionar los textos de uno más allá de circuitos reducidos y casi marginales como el que tan bien conocemos. Y, de hecho, cuando descendemos a materias tan especializadas como el género fantástico -que además no parece gozar, y todavía no entiendo el porqué, de gran predicamento entre los editores hispánicos- la cosa se complica aún más.
Si uno quiere honrarse a sí mismo llamándose escritor, debe disponer de dos materias primas básicas para poder dedicarse a lo suyo: en primer lugar, la técnica; en segundo lugar, la imaginación. Lo demás, son añadidos. Puestos a poner ejemplos, miraré mi propio ombligo que es el que tengo más cerca. Por cuestiones laborales, yo tuve la suerte de mamar la técnica casi sin darme cuenta gracias a mi trabajo como periodista, que me obliga a actuar todos los días como si fuera un juglar: contando de forma entendible para el mayor número de personas posible un puñado de historias de gentes diversas a las que les pasa de todo. Historias de las que, con la experiencia, uno aprende a distanciarse por devastadoras que resulten. La verdad es que no hay más remedio que distanciarse, si uno quiere seguir estando más o menos cuerdo, pues el trabajo periodístico se parece en parte al de los actores, que han de asumir temporalmente la vida de personalidades muy diferentes sin resultar engullidos por ellas... En cuanto a la imaginación, por defecto de fabricación biológica, no es precisamente eso lo que me falta. En consecuencia, escribo. Como uno más de las miríadas de insignificantes escritores que luchan por sacar la cabeza en el ciego mercado persa que constituye hoy el mercado editorial. Y me gustan las historias del fantástico. ¡No sé escribir cuentos realistas sobre personas anodinas a las que les suceden cosas normales, propias de la vida diaria! Soy incapaz, por más que lo he intentado.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando uno no encuentra salida para lo que le gusta y sabe hacer? Ah..., es que faltaba un pequeño detalle, ya expresado por la cita que encabeza estas reflexiones, y es que el escritor siempre escribe, independientemente de que llegue o no a publicar, porque siente necesidad de expresar, de contar, de participar a los demás de las maravillas que ha sido capaz de entrever en Dios sabe qué universos paralelos por los que pulula su imaginación. Si se escribe con la única esperanza de ganar un premio o de halagar el ego contemplando un texto propio editado, mal vamos. Muchos de los autores más grandes de la historia no sólo esperaron -ni obtuvieron- éxito en vida, sino que ni siquiera pensaban en ser recordados por la posteridad.
Pese a todo, es de justicia reconocer que, si uno no tiene la esperanza de ver algún día su trabajo leído y juzgado por manos ajenas, puede acabar con una gran depresión. La única solución radica, en escribir, escribir y escribir. Las musas deben encontrarte trabajando, es frase atribuida a Picasso, a la que podría añadirse: y la oportunidad de publicar, también.
Para los que necesitan imperiosamente ser leídos y no pueden sobrevivir sin saberse en retinas desconocidas, sólo cabe la recomendación de dedicarse al periodismo, que ofrece la garantía total de que uno se hartará de que los demás juzguen cuanto redacte. Para los que no quieren abandonar el género en sí, mi acusada miopía sólo me permite atisbar dos salidas, lo cual no quiere decir que no haya más... Una es la publicación de ensayos o textos relacionados con el género -en mi caso, he conseguido publicar tres libros acerca de mitos y en prensa tengo el cuarto; en la mitología, sobre todo en la europea, se encuentra buena parte de las bases de las obras de fantasía-. La segunda es la novela juvenil o aún la infantil, ya que da la impresión de que sólo los menores de edad tienen derecho a disfrutar de un mundo diferente al de la oscura e inquietante globalización a la que parecemos condenados los adultos. En este último caso, hay un problema y es de autocensura: difícil introducir una escena de cama o un personaje especialista en decir tacos en una obra dirigida a los peques...
Aunque, bien pensado, existe una tercera posibilidad: ganar una orimitiva y montar una editorial para arruinarse publicándose a uno mismo y a sus amigos. ¿Cómo? ¿Qué si ganaras una primitiva no montarías una editorial sino que te retirarías de la vida mundana a tocarte la barriga? Entonces, tú no eres un verdadero escritor, amigo mío.
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La exhibición de realismo sobre la
situación de los escritores del género corre a cargo del escritor y periodista |