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Número 6

¿Un género menor?

Alberto Castejón Serrano
  Camilo José Cela, nuestro Nobel, asevera no creer en los géneros literarios. Otros autores y críticos también presumen de compartir semejante apostasía abjurando de las doctrinas oficiales impuestas por vetustos textos escolares. No obstante, aunque pueda participarse de esa opinión en un plano teórico, en el sentido de que cierta obra concreta no sea susceptible de encorsetarse con un simple adjetivo o conjunto de adjetivos, en la práctica tales fronteras existen. Y no se trata solo del criterio que sigue el librero para distribuir ejemplares en los anaqueles de su establecimiento, sino en un complejo etiquetado que, para desgracia de los amantes del fandom, discrimina a unas tendencias respecto de otras hasta el punto de resultar aquéllas como sinónimos de términos peyorativos.

Centrémonos en la narrativa, aunque vaya por delante que tampoco debe trazarse una línea divisoria que, de modo implacable, la separe del ensayo, la poesía o el teatro, pues existen multitud de contraejemplos en cualesquiera de las combinaciones imaginables. Aquí, el humor, la cf, la novela erótica o policiaca, la fantasía épica, el terror, el suspense y la literatura infantil o juvenil se consideran submundos más propios de castas inferiores abandonadas a sus impulsos primitivos que de espíritus selectos que leen a Nabokov y tienen el Ulises de Joyce en la mesita de noche. Sobre el particular, Luis Landero incluye en El mágico aprendiz una jocosa parodia de la conversación de dos "expertos" que merece la pena examinar. Tan solo la fantasía, y gracias a aquel boom hispanoamericano que sucediera a Cien años de soledad y que rehabilitaría al realismo fantástico, se ha hecho un lugar a la sombra de la dictadura establecida por editores, y jurados, aunque siempre por debajo de la novela histórica, el naturalismo o el realismo puro y duro. Además, si un texto se ubica en la intersección de alguno de los guetos citados, la lleva clara. Y como muestra, incluimos el comentario sobre una de las narraciones finalistas del Premio UPC 1996 que Miquel Barceló inserta en el prólogo del volumen 96 de Nova Ciencia Ficción: “Debo reconocer que la novela es francamente divertida. Y, probablemente por eso, no llegó a obtener ni siquiera la mención especial”. Concluyente.

¿Qué es lo que pasa? ¿Acaso las historias que se apartan de lo verosímil y lo serio solo sirven para gastar minutos en el tren de cercanías? ¿Hay que relegarlas a poblaciones marginales que consuman su "bazofia" específica y apartarlas del gran público? Porque si a esos colectivos se suman quienes desean un rato de evasión para sumergirse en la magia de universos ficticios o hechos sorprendentes, se obtiene un importante mercado aún por explotar en lengua española. De hecho, escritores como Stephen King, Asimov o Tolkien, por citar a tres autores de distintos subgéneros, han publicado traducciones al castellano que resultaron ser best-sellers. A cuento de qué, entonces, la tiranía de nuestras grandes casas editoriales y agencias literarias que minusvaloran ese terreno abonándolo así al expansivo ataque anglosajón. Y, descendiendo ya al campo concreto del fandom, no es por falta de creadores cuyos apellidos lleven un García, un González o un Heredia. Sin embargo, difícil que se supere, salvo excepciones, la etapa del fanzine, la voluntariedad desinteresada de grupos de aficionados y el concurso cuyo premio se reduce a un lote de libros. Según declaraciones de Juan Manuel de Prada, competidor empedernido en su primera época y que culminó con la obtención del Planeta, los cuentos con los que resultaba vencedor en los cientos de certámenes menores en los que participó casi siempre se ajustaban a los cánones clásicos, mientras que los que componen su colección El silencio del patinador, de los cuales sólo el último mereció un galardón, los clasifica él mismo como fantásticos.

Pero basta ya de autolamentaciones, y hagamos más bien un examen de conciencia sobre aquello que nos compete a nosotros mismos. Y uso la primera persona pues me solidarizo con quienes se estrujan la sesera concibiendo argumentos de cf o fantasía. En primer lugar, hay que admitir que, quizá con demasiada frecuencia, se confía todo el éxito de la narración a la idea motriz descuidando el estilo en que se relata. Mal asunto éste. El fondo es tan importante como la forma o más. De hecho, hay libros considerados como excepcionales en los que no ocurren grandes cosas, que están desprovistos de acción y cuya virtud reside en la maestría con que se combinan las palabras. Recuerdo un comentario de Vargas Llosa: En las novelas de Onetti no sucede casi nada, pero lo poco que sucede, qué bien lo cuenta. Sin embargo, no es raro leer tramas originales y sorprendentes o basadas en audaces conjeturas científicas y cuyo lenguaje no superaría un examen de gramática elemental. Y otro tanto sobre el estilo o la manera de redactar: proliferación de adverbios acabados en "mente", redundancias, exposición en exceso lineal, faltas de ortografía, acentuación o puntuación, diálogos artificiosos, metáforas vulgares, agotadoras perífrasis, abuso de oraciones de relativo... Y no sirve razonar que lo que se pretende es transgredir las reglas del castellano para causar un efecto especial. Primero hay que estudiárselas bien. Beethoven afirmaba que quería conocer todas las normas de la armonía para saber cómo mejor infringirlas. Se hace preciso un aumento en la calidad media del uso del idioma para reclamar un lugar decente en las librerías.

Otro aspecto a mejorar lo constituye la pluralidad temática. Basta que un ambiente o un universo bien construido alcance el éxito entre el público, para que docenas de autores recreen variantes de tal mundo a base de alteraciones sin significación sustancial. Y tampoco es preciso que la acción se desarrolle en el año 3500. Aunque, la verdad sea dicha, el tono general del fandom en cuanto a derroche de imaginación se sitúa a un aceptable nivel.

En conclusión, aparte de las causas externas que confluyen en hacer de la cf y la fantasía géneros menores, parte del remedio está en nuestra mano.

 
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