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Porque ha ampliado los límites conceptuales de la ciencia ficción. Porque ha sabido redefinir sus presupuestos vertebradores. Y porque ha comprendido las enormes posibilidades de proyección que, en infinidad de campos, puede conseguir el género.
En definitiva, se podría decir que el motivo que ha llevado a tantos y tantos a considerar a Stanislaw Lem como el referente a seguir es su virtud como creador de género. Inventándolo y reinventándolo en cada obra.
Este polaco de casi ochenta años, con una veintena de obras publicadas en castellano de las más de treinta que lleva publicadas, otorga a los moldes de la ciencia ficción un sustrato filosófico que consigue uno de los objetivos vitales de cualquier obra: mover, provocar, incitar, hacer pensar al lector. Todo menos dejarlo indiferente. Y todo ello sin ninguna pretensión doctrinal.
Algo que, ajuicio de Nacho Agulló (junto con Eduardo Vaquerizo y Juanma Barranquero, ponentes de la mesa redonda dedicada esta mañana a Lem), supone una concepción multiperspectivista de un gran valor creacional y reflexivo. Una buena prueba de la sutileza de Stanislaw Lem en el tratamiento de los temas es la forma en que criticaba de forma subliminal al régimen comunista polaco, que poco le facilitó las cosas a un autor que hace 40 años anticipaba la realidad virtual.
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