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Número 6

Escribir la literatura juvenil

Armando Boix
  Escribir literatura juvenil apenas merece respeto. El espacio que le dedican las revistas sobre libros es anecdótico y pocas veces la radio o la televisión se hacen eco de sus diversos premios o nos ofrecen entrevistas con sus autores -aunque en algunos casos sus ventas superan a las de otros rostros mucho más conocidos-. Se la considera una literatura de segunda clase, tímida, blanda, producto de consumo para la venta en grandes almacenes, a años luz de cualquier cosa que sí se beneficia de la consideración de "seria". Ante ese panorama no es raro que me pregunten por qué en los últimos años me he dedicado casi en exclusiva a escribir para adolescentes. Parece que debiera disculparme y, la verdad, no sé muy bien las causas. Encontrarme en el mismo saco en el que se suele incluir a Stevenson, London o Kipling no me parece un demérito, más bien lo contrario. ¡Que más quisiera yo que alcanzar algún día su altura!

Alfredo Lara, director literario de la colección Valdemar Histórica, apasionado como es de la novela de aventuras y, por tanto, buen conocedor también de la literatura juvenil, suele comentar que lo que caracteriza a esta narrativa tan minusvalorada es su no andarse con rodeos, su obligación de enganchar desde la primera página, la trasparencia de su prosa... Algo que -suele apostillar- debiera ofrecer toda novela, sea del género que sea. No le falta razón. El "joven adulto" -como suelen decir los anglosajones- es un crítico implacable: no posee juicios preconcebidos ni respeto por los "nombres"; si un libro le resulta de escaso atractivo lo deja de lado de inmediato, sin el menor remordimiento. Es un trabajo arduo complacerles, se lo aseguro.

Pero volvamos a esa pregunta inicial, que también es la que me han planteado los directores de esta gaceta. ¿Por qué me he centrado en la literatura juvenil?

Verán, cualquiera con el irrefrenable gusanillo por escribir y ser leído, y que haya empezado publicando sus trabajos en la prensa amateur, como es mi caso, a poco que tenga una mínima ambición literaria ha de plantearse en algún momento su futuro, encontrándose con dos alternativas: a) seguir el resto de sus días encerrado en el cómodo pero limitado mundo de los fanzines, hasta convertirse en una reliquia a quien los nuevos aficionados rendirán homenajes, mientras gastan chistes a su costa, o b) decidirse a calzarse las botas e intentar jugar en la primera división.

La segunda opción es la más sensata, no tengo ninguna duda; lástima que escribir narrativa de género en el campo profesional sea un camino lleno de obstáculos.

Aún guardo la tarjeta postal con la cual un editor me comunicaba su rechazo a una antología de relatos fantásticos que le había enviado. Su contenido, más o menos, se resume así: "Usted es un buen narrador y demuestra un talento que no debería desperdiciar escribiendo sobre espectros y demonios". Tal vez acertara -me refiero a lo de mi empecinamiento en los "demonios"; sobre el talento yo no soy quién para juzgarlo-, por desgracia su consejo topaba con un problema considerable: a mí me encanta escribir sobre prodigios sobrenaturales, arriesgadas aventuras y lugares y tiempos exóticos. Quizá podría recoger mucho más prestigio llenando folios sobre anfetas, música y sexo, como un Ray Loriga del montón; pero sería tan aburrido...

¿Qué opciones hay entonces ante un mercado editorial tan poco receptivo al fantástico escrito en nuestra lengua? Una sería despojarse en lo posible de los rasgos más abiertamente populares y genéricos -vestir la mona, vamos- y colar nuestro texto como un híbrido de esos que ahora no funcionan nada mal -thriller fantástico, fantasía histórica, realismo mágico o cualquier otro producto de la combinatoria-; la otra, dirigirse directamente a un público y editor al que el adjetivo "fantástico" no le suene como una de esas palabras groseras que encontramos en las paredes de los lavabos públicos.

La literatura juvenil es uno de esos pocos nichos donde los fantasiosos irredentos podemos seguir fabulando sin complejos, y además -oigan, no es poco- hasta nos llegan a pagar por hacerlo.

Recuerdo que cuando recibí por escrito la aceptación para publicar mi segunda novela, El sello de Salomón, la nota decía de ella que era "una excelente novela de aventuras"; en ningún momento mostraba extrañeza, ni siquiera hacía la más mínima mención, ante el hecho de que en mi historia aparecieran islas mágicas, encantamientos y espíritus de gelatinosa vocación lovecraftiana. ¿Creen que un editor para adultos habría mostrado igual indiferencia ante mi inclusión de elementos fantásticos? Si conocen alguno preséntenmelo, por favor; se lo agradecería... No me sirven los responsables del par de colecciones de ciencia ficción en funcionamiento: todos sabemos la menguada proporción de originales españoles que compran cada año, lo contrario a lo que sucede en las colecciones juveniles.
Tampoco engañaré a nadie diciendo que todo es de color de rosa. Al escribir para jóvenes has de asumir ciertas limitaciones, contra las cuales es bastante difícil luchar. El sexo, por ejemplo, sigue siendo un tabú -increíblemente, pues nada puede interesar más a un adolescente con sus hormonas desbocadas-; tampoco puedes mostrar a alguien metiéndose un pico de heroína y dar la impresión de que eso es bueno, o criticar abiertamente cierta religión a la que van a parar una parte de nuestros impuestos...

Por lo demás, nunca hago concesiones y mi voz es la misma sea cual sea el público al que me dirijo. La verdad es que lo tengo fácil, pues siempre he sido partidario de una prosa fluida y de que quede oculto todo el andamiaje que sostiene la construcción texto. En la medida de mis posibilidades intento rehuir ese vicio común a todo autor primerizo, que es hacer un esfuerzo demasiado evidente por "escribir bien", dibujando tirabuzones con la gramática, recargando las frases de adjetivos, persiguiendo las metáforas chocantes y echando -en definitiva- palos a las ruedas del lector. Si éste no se olvida de que está leyendo un texto y no se sumerge en la aventura narrada, el escritor habrá fracasado en su tarea.

Y como viene al caso, confesaré que, cuando me pidieron la redacción de estas líneas, me sugirieron que explicara alguno de los secretos de mi "éxito" (?) en el campo de la literatura juvenil. ¡Ojalá existieran recetas! En la creación artística nunca tienes nada ganado de antemano. Puedes haber recibido galardones y publicado unos cuantos libros, pero cuando te sientas ante el ordenador y posas los dedos sobre el teclado sigues tan desnudo e indefenso como el primer día... Bueno, no tanto, lo reconozco. Con el tiempo se aprenden estrategias y algo de técnica, y para obtenerlas hay dos ejercicios de gimnasia mental inevitables: ser un buen lector -somos lo que comemos- y escribir mucho, constantemente, todos los días, si es posible.

Pero lo más importante es no perder la capacidad de maravillarse, para que así las ficciones que acudan a tu mente establezcan un nexo de comunicación con los receptores de tu obra. Los cálculos fríos no sirven de nada. Tu corazón ha de seguir galopando cuando relees las duelos de Scaramouche y D´Artagnan, has de estremecerte al acompañar a Jonathan Harker en su entrada en el castillo de Drácula, has de sentir el viento en tu piel cada vez que Tarzán se arroja de árbol en árbol en persecución de los raptores de Jane Porter, o el sabor del polvo en tu boca como si tú mismo marcharas con la Legión Extranjera o cruzaras los desiertos de Barsoom, con su dos lunas colgadas del cielo.

¿Seguir siendo un poco niño? Se le puede llamar así. Yo creo que es, simplemente, manifestarse como humano y no perder una de nuestras más satisfactorias capacidades: el poder soñar.

Escritor

 
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