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Número 2

Antes y después de Greg Egan

Carlos Pavón
  Greg Egan parece sin duda uno de los autores del momento, tanto dentro como fuera de nuestro país. Reciente ganador de dos premios Hugo y con su nueva novela ya editada en Gran Bretaña y de próxima aparición en los USA, el autor de Cuarentena parece definitivamente consagrarse como uno de los principales autores del género, reconocido tanto por el público como por la crítica, como prueban su nominaciones a los premios Ignotus, lo premios de la AEFCF, en esta convención.

Buscando los porqués de este relativo éxito de público y de esta (algo menos) relativa querencia de la crítica, he llegado a la conclusión de que si algo tiene de especial el australiano, aparte de la pirotecnia tecnológica y de la mordacidad en lo social, es el tono con el que narra, su prosa, tan desgarradora en su sencillez como agudo es su raciocinio.

Esta "voz" característica de Egan tiene algo que ver con su faceta de matemático, con la necesidad de ver siempre más allá (más adentro) de la apariencia de las cosas.

Podría decirse que Egan entronca aquí con un autor tan dispar en la temática, pero de similares matices en lo literario, como es el Ernesto Sábato de El túnel, y podríamos comparar en algunos aspectos a un Pablo Castel con por ejemplo, el protagonista de Ciudad Permutación, Paul Durham.

En ambos autores puede hablarse, aunque con propósitos bien distintos en cada uno de ellos, de un intento de aplicar las matemáticas a la literatura.

Arrastrado por una especie de desazón existencialista que le lleva a buscar más allá de los sentidos, Egan intenta (y a veces consigue) hacer que el mundo real, tosco e imperfecto en su fisicalidad, coincida con el mundo mental, perfecto en su dialéctica etérea. Si Sábato huye en su literatura del terror aséptico de las certezas (casi) inamovibles de la física, refugiándose en las pasiones del alma humana, Egan en cambio se sumerge de lleno en esa ciencia desinfectante que todo lo limpia; indaga y disecciona haciendo de esa búsqueda la verdadera pasión del hombre, haciendo de lo racional lo emocional, subvirtiendo con ello la norma de lo establecido, tanto en literatura como en la vida.

Y después de Egan, ¿quién?

El mercado español parece vivir una bonanza que hay que aprovechar para consagrar a valores emergentes como Egan o Neal Stephenson, afianzar a autores como Bruce Sterling, Michael Swanwick o Pat Cadigan (todos ellos con infinidad de material aún inédito en español), que pueden ser catalogados casi como clásicos contemporáneos pero que aquí no gozan de la popularidad que merecen, así como abrir las puertas a otros muchos autores que, junto con Egan, podrían pasar a formar parte de una nueva (y dispar) hornada de autores que cobran importancia en nuestro país gracias a la nueva efervescencia del mercado.

Me vienen a la cabeza autores como los británicos Simon Ings y Paul J. McAuley, o los norteamericanos Linda Nagata y Jonathan Lethem, nombres que vendrían a acompañar a los ya conocidos Bear, Kress, Anderson, Card, Benford, Willis, Wolfe, Silverberg, etc. con los que el público ya está familiarizado. Nombres de autores que en su mayoría no pueden ser más distintos de Greg Egan de lo que son, nombres que, por esa misma razón, vendrían a enriquecer la visión que se tiene del género y darían cuenta de la variedad y frescura de las muchas ciencias ficciones que existen.

El escritor y crítico de Gigamesh anticipa qué puede llegarnos tras Greg Egan

 
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