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El año 2000... Un número redondo y especialmente mágico para todos aquellos que somos entusiastas de la ciencia ficción; meta de los sueños futuristas de nuestros abuelos que la realidad se ha empeñado en demostrarnos mucho más prosaica, por un lado, pero por otro preñada de maravillas que ni Verne ni Wells habrían gestado en sus noches más delirantes. Su introito, sin embargo, ese 1999 tan complaciente para profecías y permutaciones satánicas -delen la vuelta al número y «el que tenga sabiduría calcule», como diría el alucinado de San Juan-, me resulta igual de sugerente y siempre estará ligado en mis nostalgias a Martin Landau y su particular odisea a lomos de una Luna salida de madre, o de órbita, si prefieren así.
Pero como bien sabemos todos aquellos que estamos en la labor de mantener informados a nuestros congéneres, la actualidad tiene más peso que las añoranzas, y 1999 pasará a la historia de los cronistas del género como el año del retorno de George Lucas a la dirección y del tan postergado estreno del Episodio I, una La amenaza fantasma cuyo título no acabo de comprender muy bien qué relación tiene con la trama, a no ser que se limite a constatar el apabullante asedio al que nos sometió su campaña publicitaria o si Lucas, honrado al fin y al cabo, conoce algo de castellano y ha decidido adoptar lo de «fantasma» por una de las acepciones admitidas en el diccionario de nuestra Academia, o sea, «indica la inexistencia o el carácter falso de algo».
Porque La amenaza fantasma ha tenido algo de globo que se agranda, que se hincha, a riesgo de explotar sonoramente y revelarnos que sus tripas sólo contienen aire enrarecido. Para mí, la verdadera triunfante por lo que respecta a películas del género fantástico ha sido Matrix. No recuerdo, en años, tan largas discusiones entre detractores y defensores, lo cual no es poco en una época donde tan común resulta el cine de usar y tirar. Amena como pura cinta de entretenimiento, suficientemente rica en elementos de reflexión, la segunda obra dirigida por los hermanos Wachowski ha profundizado en senderos trazados por filmes anteriores, como Dark City, y ha abierto las puertas para que los productores se interesen en historias que vayan más allá de los psicópatas destripaadolescente, las invasiones alienígenas y las batallas espaciales. ¿Matrícula de honor? Tal vez no, pero el sobresaliente se lo merece.
Con todo, el último gran baluarte de la imaginación no ha residido en las producciones multimillonarias tipo La amenaza fantasma, Mi amigo Joe, Inspector Gadget o Wild Wild West -roguemos para que no se les ocurra perpetrar una segunda parte-, sino en películas de mucho menor presupuesto y sin apenas apoyo promocional, lo cual las ha relegado a locales de segunda o salas de lo que antes se llamaba «arte y ensayo», pasando desapercibidas para muchos espectadores y desapareciendo de cartelera con la velocidad de las malas noticias. Con el galardón recibido en Sitges bajo el brazo, nos llegó la interesante Cube -o cómo contar una historia verdaderamente angustiosa con media docena de actores y un único decorado-, Cronenberg regresó con otra vuelta de tuerca sobre las falsas realidades en eXistenZ, y tocando de refilón el género fantástico tropezamos con dos cintas de solidez poco usual: Verano de corrupción y Dioses y monstruos. El resto se ha movido por lo general entre lo simpático -como The Faculty o La novia de Chucky-, lo trivial -Vampiros de John Carpenter- y lo francamente detestable -Revenant, La sombra del faraón o Beowulf, sin ir más lejos-.
Y ya, para pasada la presente Hispacón uno de los títulos que más tinta han hecho correr en los últimos tiempos, The Witch Blair Project, una nueva demostración de que el público no necesita toneladas de efectos especiales para ser arrastrado a una sala de proyección. Pero su valoración la dejaremos para quien me reemplace en esta crónica apresurada el próximo año...
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Escritor y director de la revista Stalker |