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En una ocasión, una visitante casual de Hispacón me comentó que los aficionados a la cf tenían una sere de características definidas: barba, gafas y algo de sobrepeso, notablemente. Lo cierto es que la fundamental debería ser esta última, aunque no se plasme en algunos afortunados, porque seamos de Asimov o de Dick, de Star Wars o de Matrix, lo que a todos nos gusta es zampar.
Quizá los dos grandes titanes que conozco en este campo son Alejandro Salamanca y Javier Cuevas. Gente estólida, de voz grave, que rara vez incurre en la fanfarronería de relatar sus hazañas. Son dos ninjas de la buena mesa, gente que ni siquiera da la intención de disfrutar verdaderamente con las misiones que se autoencomiendan. Frente a a una fabada, un chuletón del tamaño de un ternero mediano o un buen plato de marisco, ambos ofrecen la imagen reflexiva de quien se está entregando a una tarea verdaderamente importante, que exige una concentración total.
Al margen de estos dos titanes, no hay aficionado que no sea gourmet. Algunos, incluso, cocinan, y mis experiencias en este campo son inmejorables. El steak tartar de Alejo Cuervo, por ejemplo, es excelente, así como el pescado en salsa de Eduardo Vaquerizo. Recuerdo con cariño una sopa de Elia Barceló, las salchichas en vino de José María Faraldo o los asados de César Mallorquí. Y mi cuscús, modestia aparte, no es poca cosa.
Sin embargo, no quiero llamar a engaño: en el binomio calidad-cantidad, el fan medio tiene una inclinación atávica hacia el segundo factor. Las visitas de la tertulia de Madrid a un restaurante leonés llamado El Boñar sólo concluyeron ante un serio plante de un sector algo reacio a los tres platos repletos (cosa ligera: un entrante con tortilla y fiambre, garbanzos, cordero al horno y postre, por Dios que no nos falte) como cena. Curiosamente, eso contrasta con el usual pinchazo que suponen las cenas oficiales que espero que esta noche (con un poco de suerte) quede superado.
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Juicios tras ocho de nueve |