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Decir ciencia-ficción en la Argentina es hablar un idioma que no todos entienden o quieren entender. La industria editorial local -casi inexistente- rara vez apuesta a este género y, cuando lo hace, prefiere abrevar de los clásicos (Borges, Bioy Casares, Cortázar), antes que animarse a publicar autores nuevos. No deja de ser un consuelo: al parecer, los editores también gozan del poder de levantar a los muertos de sus tumbas.
En este contexto, la tarea de difundir lo nuevo del género recae sobre los fanzines y sobre los grupos de aficionados.
El material que llega desde el exterior tampoco abunda. Las traducciones generalmente arriban con cuentagotas desde España y en muchos casos son caras. Vivimos del pasado: revistas como El Péndulo, Minotauro o Nueva Dimensión -con varias décadas de antigüedad-, ediciones de Bolsillo Ultramar y libros de la colección Minotauro, que se pueden comprar en las mesas de saldo a precios que no son de saldo.
Esta carencia, en otro tiempo, se suplía con material que se traducía desde las ediciones en inglés y se publicaba -sin autorización- en los fanzines locales. La progresiva globalización del género y una toma de conciencia gradual sobre los derechos vulnerados hacen que esto hoy sea virtualmente imposible. Como escritor, aplaudo esta toma de conciencia y envidio de corazón a aquellos que, en sus países, pueden vivir seriamente de lo que escriben. Aquí eso no es posible. Al menos tratándose de cf o de fantasía.
Con todo, estos problemas se inscriben en una crisis que sobrepasa los límites de la cf e incluso los límites de la literatura. Con más del 15% de desocupación -y cifras realmente escandalosas de pobreza extrema- el hecho de que falte un poco de cf en la mesa no es grave: lo grave es que falte el alimento y el trabajo remunerado.
Lo recomendable, en estos casos, sería que los fans del género se reuniesen para hacer algo. La realidad local es que los grupos de referencia están prácticamente inactivos. Ejemplo de esto es el Círculo Argentino de CF y Fantasía, del cual poco y nada se sabe y, en este marco, el otrora prestigioso premio "Más Allá", que lleva años sin entregarse. En el interior de nuestro país todavía existen algunas chispas (Rosario, La Plata, Córdoba), pero todavía son solamente eso: chispazos.
La actividad se centra entonces en torno a las revistas y fanzines, como Axxón: una publicación electrónica que en los últimos diez años, y a pesar de los achaques, ha sabido conservarse como un faro para quienes quieren saber en qué anda la cf y para aquellos que tienen ganas de hacer cosas -sobre todo de publicar- y no encuentran dónde.
Si se habla de fanzines, podemos citar a Cuasar: una publicación que hemos aprendido a esperar, a pesar de su impredecible periodicidad. Este tema es un mal endémico en los fanzines locales. El más reciente de todos es Samizdat: un periódico con noticias de literatura, comics y cine que también está buscando su espacio. En la red se pueden ubicar algunos otros, como Malacandra.
Afortunadamente existen visos de que la cosa podría mejorar en los próximos años, no sin esfuerzo de nuestra parte. El grupo Axxón está trabajando en un taller literario del que, con paciencia y buena letra, podrían salir buenas propuestas en el mediano o largo plazo. En otro orden, es posible que en la primera mitad del año que viene podamos ver una colección de cf contemporánea de autores latinoamericanos, llevada adelante por una editorial local (Colihue) y dirigida por Eduardo Carletti (argentino) y Bruno Henríquez (cubano). Colihue es una empresa argentina con muchos años en el mercado, que tiene presencia en el resto del continente y que ha editado frondosas colecciones, algunas con más de 200 títulos.
La supervivencia de ésta y otras propuestas similares sólo puede sostenerse mediante una renovación del género que abra las puertas a los nuevos valores locales y regionales. Pero para que esto se cumpla deben darse tres condiciones que todavía no han sido verificadas del todo: a) que esos valores existan; b) que alguien esté allí para apoyarlos, encauzarlos y difundirlos; y c) que logren la aceptación de una parte sustantiva de público. Sobre esto, sólo puedo intuir algunos pocos indicios positivos.
Si de grandes autores contemporáneos se trata, siempre tenemos para consolarnos a Carlos Gardini -que con sus obras nos dice que es posible hacer buena cf y ser reconocido por ello-, al ensayista Pablo Capanna -una verdadera eminencia de las que ya no quedan- y a Angélica Gorodischer -un tanto distanciada del género, pero con evidente mérito-. No son los únicos: en la Argentina hay escritores que conocen bien su oficio, pero que no pueden hacer de la escritura una forma de vida. De hecho, en la mayoría de los casos, sus obras terminan postergadas por razones de supervivencia.
Mucho más abajo, aquellos que pretendemos merecer el mote de escritor todavía nos estamos debatiendo en la búsqueda de formas propias y autóctonas, que permitan expresar concepciones locales de la cf y no meros transplantes de la realidad norteamericana. Gracias a Dios se ven resultados promisorios, pero todavía escasos.
Ciertamente, la cf no se limita a la literatura, sino que abarca medios diferentes como el cine, el comic y la música. A estos medios también les caben las generales de una realidad socioeconómica deprimida. Anclados a esa realidad, en nuestro país hay un montón de jóvenes escritores, dibujantes, guionistas y cineastas que quieren hacer y no pueden. De cuando en cuando surgen cosas como Moebius o La sonámbula -por dar dos ejemplos cinematográficos-, que renuevan las esperanzas y ayudan a pensar, como dije antes, que la cosa es posible, aunque haya que remar bastante contracorriente.
En definitiva, la realidad local aprieta, pero está en los que gustamos del género -porque esa es una batalla que todavía podemos pelear- el resistirnos para que ese lazo no nos ahorque.
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Un repaso de la cf siempre más
cercana a la española, la argentina |